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La historia del chico que soñaba con ser bombero y hoy arriesga su vida para combatir las llamas

La foto muestra a un nene de no más de cinco años, sonriente, luciendo un uniforme de bombero adaptado a su tamaño. En otro retrato se ve al mismo chico con un casco que hace equilibrio para no caerse de su cabeza minúscula. Como en una película, ambas imágenes son parte de un flashback en la vida de Francisco Valenzuela, un vecino de El Hoyo que, con apenas 18 años, combate los incendios como voluntario.

Francisco tiene una historia personal marcada por el fuego. Su hermano fue bombero y, desde muy chico, lo vio salir al cuartel en los grandes incendios de 2011 y 2015. “Yo tenía cinco años y verlo volver a la una de la mañana, todo cansado, quemado, con ceniza en la cara. Eso me incentivó a querer ayudar. A no quedarme sentado mirando”, recuerda en diálogo con ADNSUR.

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Con el tiempo, aprendió por su cuenta: leyó manuales, se formó y hoy sabe manejar una motobomba, armar cortafuegos y trabajar en situaciones extremas. “Gracias a él aprendí todo eso”, dice. El lunes, cuando el incendio empezó a descontrolarse, no lo pensó dos veces. “Lo primero que uno hace cuando ve esta situación es ir a ayudar en lo que se pueda: regar, llevar agua donde no hay, preparar líneas de cortafuego, limpiar todo lo que es combustible”, explica.

Francisco Valenzuela, el voluntario de 18 años que lucha contra el fuego

El día que se inició el incendio, Francisco estaba en Puerto Patriada acampando con amigos. Apenas vio la columna de humo, entendió la gravedad. “Yo ya sabía que eso era una bomba de tiempo”, explica. Intentaron salir, pero no los dejaron cruzar. Terminaron en la zona del faro, donde se sumó espontáneamente a coordinar evacuaciones.

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“Al ser local, trataba de calmar a los turistas, de transmitirles un poco de paz. La gente se desespera cuando ve el fuego”, relata.

La evacuación fue caótica. “Al principio no dejaban salir a nadie, cuando el fuego todavía no había llegado al camino. Después, cuando llegó, recién empezaron a evacuar”, describe. El paso entre llamas y humo generó escenas de pánico. “Eran 50 metros con fuego de ambos lados, cruzando con el auto”, cuenta.

La camioneta de la familia de Francisco, con la que ayudan en las tareas contra el incendio.

Más de un día sin dormir y un trabajo contrarreloj para contener el fuego

Francisco volvió a El Hoyo cerca de las nueve de la noche y, casi sin descanso, salió nuevamente a ayudar. En el puente que conecta hacia las zonas más comprometidas, se encontró con otra traba. “No nos dejaban cruzar. Había seis camionetas con agua, tótems, motobombas, mangas, gente preparada para ayudar, y no nos dejaban pasar”, recuerda. El fuego avanzaba hacia las casas mientras ellos esperaban. Tras el reclamo, lograron habilitar el paso.

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“Cuando entramos ya era un descontrol. El olor a humo, las explosiones, la gente desesperada regando con una manguerita”, describe. Según denuncia, un punto de agua instalado cerca del puente fue retirado de madrugada. “A las dos se fueron y se llevaron la motobomba. Quedamos sin agua. Teníamos que bajar, cargar el tótem y volver a subir”, lamenta.

Los brigadistas, luchando cuerpo a cuerpo con el incendio.

Tras volver a su casa alrededor de las cuatro de la mañana, durmió apenas dos horas. A las seis ya estaba otra vez trabajando. El frente del fuego amenazaba la zona de Desemboque, donde tiene familiares y campos. “Si cruzaba el río para El Desemboque, no lo frenaba nadie”, asegura.

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En ese lugar se armó una base junto a Manejo del Fuego, brigadas nacionales y bomberos de Trelew, Rawson y Puerto Madryn. Con apoyo de Vialidad, lograron abrir un cortafuego clave. “Trabajamos todo el día. Volvimos a las ocho de la noche agotados, asfixiados por el humo, pero por suerte ahí lo logramos contener”, relata.

Aunque durante este jueves parecía que la situación comenzaba a aplacarse, Francisco advertía: “Con el calor y el sol se reactiva”. Eso pasó por la tarde, cuando el fuego avanzó rápidamente, atravesó la Ruta 40 y obligó a evacuar distintas zonas de Epuyén.

Mientras limpia las mangas y carga nuevamente el tótem, Francisco reflexiona: “Ahora no es momento de pelearnos por política, ideologías o discutir si fue intencional o no. Eso lo veremos después. Hoy hay que ayudar a los que perdieron todo”. Como parte de esa colaboración, necesitan conseguir un manguerón de 3 pulgadas como el que utilizan para las motobombas y para cargar los tótems.

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Por último, concluye con una imagen que resume la tragedia: “El sábado a la mañana estaba todo verde, hermoso, la gente y los nenes jugando en el lago. Para el lunes a la tarde ya no quedaba nada”.

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