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Rawson: Salvó a una persona de ahogarse en el río Chubut y le robaron las zapatillas

Hace 23 años, una mañana de febrero de 2003, la rutina de Daniel “Chato” Badilla, conductor del camión regador municipal, se transformó en un instante eterno marcado por la valentía, la desilusión y un inesperado gesto de solidaridad. 

Mientras iniciaba su labor cerca del Puente del Poeta, el escenario que encontró distaba mucho de la tranquilidad habitual.

El puente de hierro y ambas márgenes del río Chubut estaban abarrotadas de gente. Muchos gritaban y corrían desesperados. Badilla, un atleta que solía entrenar para triatlón, escuchaba la radio Bahía Engaño cuando su mirada se clavó en el agua. 

Allí, una persona luchaba por no hundirse, desapareciendo y reapareciendo entre las aguas.

Sin meditar siquiera en el riesgo, estacionó el camión y corrió hacia el puente. Un detalle personal demoró sus segundos cruciales: unas zapatillas nuevas de triatlón que eran un regalo de su padre. Con la urgencia del momento, se las quitó, se las encomendó a un joven de la multitud y – sin perder más tiempo – se lanzó al río para el rescate.

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Daniel ‘Chato‘ Badilla se desempeñó como guardavidas durante varias temporadas.

Desde la baranda del puente, el salto fue preciso. Cayó cerca de la víctima que – en ese momento – le pareció una mujer que se debatía entre la vida y la muerte

El impacto con el agua helada del verano chubutense lo sacudió pero sus instintos de nadador y su experiencia previa como guardavidas pudo hacerse cargo de la situación pero -de todos modos – tuvo que enfrentar dificultades.

Nadó con fuerza, la alcanzó y la tomó con firmeza. La sujetó en la técnica que conocía, cruzando su brazo bajo la barbilla de la persona y comenzó la agotadora tarea de nadar hacia la orilla cercana

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El peso era excesivo. La ropa de la persona, empapada, funcionaba como un ancla. Incluso llevaba un saco y un par de botas largas que – al llenarse de agua – sumaban kilos a la carga que Badilla arrastraba con sus últimas fuerzas. La fatiga y el ahogo también comenzaron a apoderarse de él.

Fue en ese forcejeo contra la corriente cuando hizo un descubrimiento. Al intentar ver el estado de la persona, notó que su camisa se había abierto. Del corpiño, caían trapos arrollados. En ese instante, comprendió que no rescataba a una mujer sino a un joven travesti. El hallazgo no cambió nada en su determinación.

El rescate fue dramático porque ese tramo del río Chubut es muy complicado, Badilla no tenía la ropa adecuada y la persona estaba desesperada porque tenia un saco y botas que multiplicaban su peso al estar llenas de agua.

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Llegar hasta la orilla fue una proeza. “No daba más”, recordó en diálogo con ADNSUR. Él también se ahogaba. Fue el grito de la gente en la orilla y unas manos que se extendieron lo que permitió el final del rescate. 

Ya en tierra, exhausto, aplicó reanimación cardiopulmonar durante varios minutos hasta que el sonido de la sirena trajo alivio: la ambulancia llegaba justo a tiempo.

Acompañó a la persona en el vehículo de emergencia, colaboró como un camillero más para ingresarlo al hospital y entró a la sala de urgencias. Quería asegurarse de que estuviera a salvo. Allí, entre el bullicio médico, su presencia llamó la atención de un profesional.

Daniel Badilla fue un apasionado de la natación desde muy chico en el barrio San Ramón. En este rescate, tuvo que poner a prueba todas sus técnicas y fuerza física porque la situación se presentó muy adversa desde un comienzo.

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La pregunta del médico fue seca, casi un reproche: “¿Usted qué hace acá?”. Medio avergonzado, Badilla explicó: “Nada, estaba. La saqué del río y ayudé a traerla”. La respuesta que recibió lo desconcertó y lo expulsó de la escena: “Bueno, usted no tiene nada que hacer, salga de la sala”.

Minutos después, se encontró solo en la calle, con la ropa empapada cubierta de barro y completamente descalzo. Las zapatillas, su tesoro, quedaron en manos de desconocidos. 

Con la cabeza baja  – sintiendo las miradas curiosas de quienes pasaban – inició una caminata de cuadras interminables desde el hospital hasta su casa en el barrio San Ramón.

El trayecto fue una procesión de vergüenza y desencanto. Cruzó la plaza principal, pasó frente a la Casa de gobierno, bajó por la calle Belgrano. Cada paso descalzo sobre el asfalto era un símbolo de la ingratitud que empezaba a fermentar en su interior. Llegó a su hogar sintiéndose invisible.

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Su madre, al verlo en ese estado, le preguntó alarmada qué había sucedido. Él le contó la hazaña y el frío recibimiento. La pregunta de ella lo marcó: “Hijo, ¿nadie te acercó hasta acá?”. Su respuesta resumió la crudeza del momento: “No, nadie me preguntó siquiera dónde vivís”.

Bajo la ducha, la emoción contenida estalló. “Allí se me cayeron algunas lágrimas de bronca, sentí como ingratitud y dolor”, confesó. Pero, en un contrapunto emocional, también sintió un orgullo profundo. Sabía que había hecho lo correcto y que sus seres queridos estarían contentos. Eso, al menos, le bastaba.

“Al mar y al río no hay que tenerles miedo sino respeto”, afirmó Badilla a ADNSUR.

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Su jornada, no obstante, continuó. Regresó a trabajar, con el temor de una sanción por haber abandonado el camión pero recibió felicitaciones de sus jefes.

La historia comenzaba a circular. Cerca del mediodía, Aldo Vega de FM Bahía Engaño lo buscó para hacerle una entrevista. Badilla contó todo incluso el detalle de las zapatillas robadas. En el relato radial, ese episodio generó risas y bromas entre algunos oyentes pero para él no tenía nada de gracia.

La difusión de su historia tuvo un efecto inesperado y reparador. El dueño del local Beluno Deportes escuchó la entrevista.

Conmovido por el acto heroico y la injusticia del robo, llamó a la radio para dejar un mensaje: que le dijeran a Badilla que pasara por el comercio a buscar un par de zapatillas. Se las donaría.

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Con esperanza renovada, Badilla fue hasta el local, eligió un par que le gustó, agradeció profundamente y se retiró.

Aquel gesto del comerciante local, le devolvió la fe y templó el amargo sabor de la ingratitud inicial. No era el par idéntico al de su padre pero era una muestra tangible de que su acción había resonado y generado solidaridad. Un círculo que se cerraba con humanidad.

Hoy, 23 años después, Daniel “Chato” Badilla ya no conduce el camión regador. Es inspector de la Dirección General de Tránsito de la Municipalidad de Rawson. La historia del rescate sigue viva e intacta en su memoria con sus claroscuros.

Daniel ‘Chato’ Badilla hoy es inspector de la Dirección de Tránsito de la Municipalidad de Rawson. A lo largo de los años, cultivó una gran relación con el Director General del Área, Fabián González. Juntos intervinieron en otros hechos resonantes en la ciudad.

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 Nunca supo más del joven al que salvó. Tampoco corrió aquel triatlón con las zapatillas especiales que soñaba.

Su relato, sin embargo, trasciende la anécdota. Es un testimonio poderoso sobre el coraje instintivo que no pregunta por la identidad de quien se ahoga, sobre la crudeza del desamparo tras un acto de entrega y sobre los pequeños actos de justicia comunitaria que pueden sanar heridas. 

Una mañana de febrero como hoy, el Puente del Poeta fue testigo de todo eso. Y Rawson no lo olvida. Si quedó una deuda de gratitud por ese acto heroico de arrojo, esta nota apunta a subsanarlo a pesar del paso del tiempo.

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