Felizmente para Javier Milei, la clase política nacional aún dista de haberse recuperado del choque anímico que, hace más de dos años, la dejó paralizada. En aquel entonces, estaba tan desprestigiada que muchos sentían que sería mejor que alguien de afuera, un “outsider”, se encargara del país. Algo muy similar había ocurrido medio siglo antes en vísperas del golpe militar que instaló al malhadado “Proceso” pero, por fortuna, en esta oportunidad nadie pensó en atribuir el estado del país a las presuntas deficiencias del sistema democrático. A juicio de la mayoría, se debió a la inoperancia de la “casta” gobernante.
En las postrimerías de la gestión del triunvirato de Alberto Fernández, Cristina Kirchner y Sergio Massa, el grueso de la población llegó a la conclusión de que el modelo corporativista tradicional había fracasado por completo y que, a menos que fuera remplazado por otro más acorde con los tiempos que corrían, la Argentina sufriría un desastre equiparable con el que había hecho de Venezuela un Estado fallido paupérrimo regido por delincuentes disfrazados de revolucionarios izquierdistas. Puesto que Milei era el único aspirante a la presidencia que parecía tener las gallas y la lucidez necesarias para pilotear la transición que tantos creían imprescindible, pudo erigirse en el jefe indiscutido del movimiento renovador que ya se gestaba en el seno de la sociedad.
Poco ha cambiado a partir de entonces. Después de más de dos años en el poder, Milei aún no tiene por qué preocuparse demasiado por la oposición política al programa que puso en marcha. Muchos peronistas saben muy bien que el viejo orden está muerto y que sería peor que inútil procurar revivirlo, de suerte que, a lo sumo, les convendría limitarse a aprovechar los costos sociales de las reformas que el gobierno está decidido a aplicar. Para recuperarse, los peronistas y sus aliados no sólo tendrían que encontrar un nuevo caudillo sino también confeccionar una alternativa realista al proyecto libertario.
Con todo, si bien las circunstancias siguen militando a favor de Milei, hay muchas grietas en su armadura, de las que la más visible es su capacidad notable para fabricarse enemigos. Pocos días transcurren sin que se le ocurra atacar con virulencia a aliados ideológicos que quisieran ayudarlo a acercarse a sus objetivos. En vez de concentrarse en persuadir a todos los empresarios locales que hay que abrir mucho más la economía porque mantenerla casi cerrada tendría consecuencias nefastas para el país y en asegurarles que el gobierno está resuelto a ayudarlos mientras dure la etapa de reconversión industrial, prefiere cubrirlos de insultos groseros, tratándolos como chorros y parásitos.
Huelga decir que el desprecio que Milei siente por el empresariado en su conjunto no lo ayuda a convencer a los hombres de negocios del exterior de que, por fin, la Argentina cuente con un gobierno dispuesto a respetar sus derechos legales. Lo que ven no es un presidente sensato sino uno que en cualquier momento podría cambiar las reglas del juego por motivos que les costaría comprender.
En política, la química personal suele importar más que las ideas. A través de los siglos, líderes con carisma han determinado el destino de naciones grandes y chicas. Por cierto, a pocos se les ocurriría minimizar la influencia que tuvieron personajes como Hipólito Yrigoyen y Juan Domingo Perón en la evolución de la Argentina.
De todos modos, como sucede todo lo relacionado con otro mandatario mercurial, Donald Trump, vale la pena distinguir entre lo que está haciendo por un lado y su manera de hacerlo por el otro. Pocos lo hacen. En buena parte del mundo, los debates en torno a la guerra que está librándose en el Oriente Medio se han visto viciados hasta tal punto por la imagen sumamente antipática del presidente norteamericano que muchos participantes brindan la impresión de querer que los islamistas iraníes lo humillen pertrechándose de bombas nucleares que a buen seguro usarían contra sus muchos enemigos. Asimismo, aquí una minoría creciente parece rezar para que fracase el proyecto de Milei no por estar a favor del statu quo anterior o por creerse en condiciones de aprovechar un colapso sistémico sino porque les es insoportable la conducta grosera del hombre de la motosierra.
Algunos dicen que fue en buena medida gracias al comportamiento extravagante que les permitió diferenciarse de todos sus rivales que líderes “disruptivos” como Milei y Trump pudieron derrotar electoralmente a los políticos más convencionales que los antecedieron en el poder. Estarán en lo cierto quienes piensan así, pero andando el tiempo la extrema agresividad y narcisismo que son tan característicos de personajes como ellos generan anticuerpos que ponen en peligro los programas que están tratando de llevar adelante.
En Estados Unidos, abundan aquellos que, en términos generales, coinciden con Trump, pero que así y todo lo critican con ferocidad por ser la persona que es. Por razones similares, en la Argentina ya hay muchos que aprueban plenamente “el rumbo” que ha emprendido Milei sin por eso creerlo digno de ser presidente de la República. Mientras las encuestas le sonrían, Milei podrá darse el lujo de mofarse de quienes se aferran a valores que en su opinión son obsoletos, propios de épocas signadas por la decadencia, pero el que sea posible oponérsele sin por eso estar en contra de lo que quiere hacer es de por sí preocupante. Al brindarles pretextos para concentrarse en las partes más negativas de su gestión, el presidente socava a su propia base de sustentación que, para soportar el peso de la obra de reestructuración que se ha propuesto llevar a cabo en un lapso muy breve, tendría que hacerse mucho más amplia que la que le han proporcionado los oportunistas y un puñado de creyentes en el evangelio libertario que conforman el oficialismo actual.
Aunque es por lo menos factible que Milei, obsesionado como está por temas macroeconómicos y teológicos, se haya mantenido personalmente inmune a las tentaciones ofrecidas por la política en países en que la corrupción es endémica, no le ha sido dado dejar atrás el caso $Libra. Si bien para todos salvo los expertos en monedas virtuales, su eventual participación en una operación financiera oscura motiva más perplejidad que indignación ya que, por abultadas que sean, cifras que parecen en las pantallas de computadoras no tienen un impacto en la opinión pública que sea comparable con el que tuvieron los fajos de billetes que en su momento manejaban con tanta insolencia los kirchneristas, no cabe duda de que el affaire lo está perjudicando.
Sea como fuere, sería realmente asombroso que todos los demás integrantes del gobierno libertario compartieran el presunto desprecio de su jefe por los beneficios materiales del poder, ya que incluye a muchos personajes que aprendieron los códigos de su oficio en facciones políticas llamativamente corruptas.
Para defenderse contra quienes lo acusan de tolerar la corrupción en las filas de La Libertad Avanza, Milei ha optado por tratarla como un fenómeno estructural típico de sociedades burocratizadas en que políticos venden privilegios lucrativos a empresarios amigos, de suerte que la solución consistiría en dar más poder al mercado. Parecería que, desde su punto de vista, todos aquellos que han prosperado merced a la ayuda brindada por funcionarios amigos son tan corruptos como sus benefactores y que “la casta” está conformada por todos aquellos que de un modo u otro lograron mantenerse a flote en la economía regulada que está resuelto a desmantelar.
Tal actitud tendría sentido si hubiera motivos para suponer que el país cuente con una multitud de personas no contaminadas que estarían en condiciones de tomar el relevo pero, mal que le pese, la eventual recuperación de la economía y por lo tanto los resultados de su proyecto dependerán en buena medida de la voluntad de los blancos de sus diatribas diarias de colaborar con sus iniciativas.
Sea como fuere, para un presidente cuyo poder se debe más a la debilidad ajena que a sus propios méritos, ensañarse con los “capitanes de la industria” tiene cierta lógica estratégica. Milei claramente prevé que le aguarden varios meses, acaso años, sumamente difíciles en que aumente mucho el desempleo formal, y por lo tanto creerá que sería de su interés incluir a los empresarios más emblemáticos en la lista ya larga de culpables de los males del país con la esperanza de conservar así el respaldo de por lo menos algunos damnificados por los cambios estructurales que está impulsando.
Milei es un populista de derecha que, a diferencia de los de izquierda, quiere que el pueblo lo acompañe en una lucha épica por liberar al capitalismo de las cadenas estatales que le impiden producir los bienes necesarios para que virtualmente todos puedan vivir bien. Da por descontado que los pobres son las víctimas principales de una estafa más de centenaria perpetrada por izquierdistas y otros convencidos de que el capitalismo es la causa de todos sus problemas cuando a su entender es la única solución concebible. A juzgar por lo ocurrido en otras partes del mundo, Milei no se equivoca aunque, claro está, le gusta pasar por alto el hecho manifiesto de que ninguna sociedad pueda funcionar bien sin servicios públicos eficientes.
