Aunque el sargento Sanders la apodó por el resto de su vida “la fugitiva”, tanto en las reuniones con sus pocos amigos argentinos -en el bar de la calle Florida-, como en la taberna de Indiana donde se reunía con sus ex camaradas y cazadores de patos; nunca nadie supo a ciencia cierta si María Luján Crepes huía o no de la lúgubre noticia de la muerte de su esposo, Evaristo Crepes.
Evaristo había participado como agente encubierto o espía -las denominaciones cambiaban según el interlocutor o el idioma, pero el concepto era el mismo-, de un plan de la CIA para hacer fracasar la incursión de Ernesto Guevara, alias el Che, en el Congo, entre abril y octubre de 1965.
Las motivaciones de Guevara, y las de la propia CIA, no siempre antitéticas en el África, son un intríngulis o un birlibirloque (según la traducción), que podrían hacerle “perder el oremus” (volver loco) al más pintado de los exégetas de los informes de inteligencia.
Hay un revolucionario congolés de nombre Mulele, exiliado en China, enemigo de otro revolucionario, no menos comunista (hasta donde podemos llamar “comunistas” a estos jefes tribales), que viaja al Congo para matarse con sus compatriotas, y finalmente, algunos años después de estos sucesos, se entrega con una promesa de amnistía al finalmente triunfante Mobutu Sese Seko, quien literalmente lo arroja a los cocodrilos.
Permanece en la duda si antes el propio dictador no le pegó personalmente un mordisco, como también se dice que solía hacer Idi Amin Dada, el carnicero ugandés. Todos revolucionarios de izquierda, oportunamente.
Evaristo Crepes, integrante del gremio metalúrgico, conscripto aventajado, compañero de tardes anónimas de altos rangos del Ejército en el Círculo de Tiro militar, él mismo tirador eximio, es comisionado por el sargento Sanders, a nombre de la propia CIA, con el aval de sus pares argentinos, para colaborar en hacer infructuosa la algarada de Guevara en el Congo, no necesariamente capturarlo, como ocurriría apenas dos años más tarde en Bolivia.
En cualquier caso, la historia de María Luján Crepes no requiere de descifrar la entelequia de la guerra fría en su versión Daktari. Se puede resumir, como la mayoría de los relatos, en un par de párrafos: el sargento Sanders, responsable no inscripto de Evaristo, promete a su agente argentino que, en caso de fallecimiento, dará personalmente la noticia a la viuda.
Evaristo muere en combate, lo mata con un dardo embebido en curare un guerrillero de la facción Mulele. Importante aclarar: Evaristo realmente muere, no es que al final de esta página se descubrirá que en realidad no murió.
Pero cuando el sargento Sanders se apropincua en Lugano, en una limousine negra especialmente contratada para la ocasión, que despierta la perplejidad o admiración de los vecinos, para informar a la viuda, María Luján escapa. Sale por la puerta trasera. (La casa de los Crepes en Lugano, aunque modesta, es espaciosa y cuenta con jardín, un par de plantas coloridas, una mini huerta).
Luján abandona su casa. Sanders la sigue, o la persigue, para ofrendarle la triste e ineludible noticia. Ni siquiera lleva un telegrama, solo la frase en su torpe castellano, practicada varias veces para no mancar en la parada: su marido ha fallecido, señora María Luján, defendiendo la libertad.
La señora Luján, sin ser notificada, ese mismo mediodía viaja a Ezeiza. Permanece el resto de la jornada y la noche en una locación desconocida para Sanders, y al día siguiente, esto sí está totalmente comprobado, viaja a París. Huye a París, interpreta Sanders.
Algunos de los detalles que podemos reseñar más allá de toda duda razonable: María Luján tiene 38 años, es viuda y sin hijos, es “corpulenta”, bonita y deseable. Tiene un “rostro interesantón” (literal en el informe español). El sargento Sanders viaja a París para darle la noticia en persona, como le prometió a Evaristo Crepes. La busca por el Barrio Latino. También sabemos que Evaristo le ha dejado a Luján un apreciable botín en dólares y francos, de procedencia desconocida pero encanutados en una baldosa debajo de la bacha de la cocina.
Cuando Sanders le está por dar alcance en París, Luján emigra a Bélgica -Bruselas y Brujas-. En alguna de esas dos ciudades participa como espectadora de un recital de Jacques Brel en un pequeño café concert, inusual (ticket adjunto). Se retira del sitio con un hombre (relación furtiva).
Sanders redobla su hipótesis de que la viuda evade adrede la noticia: decide impostar una identidad, modificar radicalmente su apariencia y abordarla como un desconocido, para anoticiarla de prepo.
El informe manuscrito por el propio sargento no aclara si ese encuentro conseguido, el único de toda la odisea de Sanders, se agota en la reunión en la taberna de Amberes, o hubo algo más. Pero Luján continua su periplo al día siguiente, temprano con el alba, rumbo a Galicia, sin que Sanders haya podido extenderle el pésame. Asevera que no encontró la oportunidad, en esa única conferencia cara a cara, de pasar de la personalidad que fungía a transmitirle la información jerárquica, secreta y personal.
Sanders cuenta retroactivamente que le perdió el rastro.
Tarda aproximadamente una semana en descubrir que Luján arribó a Santiago de Compostela. Para cuando finalmente da con ella, en Vigo, apunta que “engordó”. Incomprensible punto de vista. Hasta donde se puede deducir, no necesariamente le quedan mal esos kilos demás. No logra repetir el encuentro personal: María Luján Crepes viaja en barco nada menos que a Etiopía.
La inagotable travesía de Sanders, con hiatos en su temporalidad y cartografía, lleva poco más de un año. Le pierde el rastro en Adís Abeba. La reencuentra, meses más tarde, en lo que hoy se conoce como Botsuana, país muy recientemente independizado por entonces, sin salida al mar, destaca Sanders, que agrega no saber cómo llegó, ni por qué la protege un jefe de aldea, con el cual no parece mantener una relación sentimental. ¿Le habrá pagado?, se pregunta Sanders, con una acotación en un color distinto de bolígrafo.
Para enero de 1967, Sanders ha regresado en solo dos ocasiones a Idaho, su hogar conyugal, donde lo aguardó infructuosamente su adorable esposa, Merry, y sus dos hijas, Barbra y Jenny. Ese es el año en que Merry le envía los papeles del divorcio, que tampoco logran encontrar a su destinatario, aunque Sanders sí se da por enterado. Su vida personal ha sido arruinada por esa misión inconclusa.
A principios de octubre de 1967 Sanders se juega a una incursión a todo o nada en el Congo, donde finalmente ha arribado María Luján Crepes, ya con Mobutu Sese Seko en el poder, hospedada en uno de los pocos hoteles restantes de la colonia belga, supuestamente propiedad del dictador. El sitio donde todo comenzó -con el final de Evaristo Crepes-, escribe Sanders, será la reunión definitoria. Ingresa sin permiso en la pieza de María Luján Crepes. Es el último paso registrado de Sanders. ¿La encontró?
Ese mismo día atrapan y matan a Guevara en Bolivia. El 10 de octubre muere Sanders en el país que en esa fecha aún se llama República Democrática del Congo (luego será República Democrática del Zaire, y en 1997 volverá a ser el Congo). Los restos de Sanders son repatriados a Indiana, donde transcurrió los pocos días en su tierra natal, tras el divorcio, en su nueva pequeña casa, parte del patrimonio familiar.
El paro cardíaco que se aduce como causa de muerte provoca sospechas en sus amigos argentinos, en sus camaradas de armas norteamericanos y en los cazadores de patos que formaban parten de sus escasas tertulias.
No falta quien sugiera que María Luján Crepes desde el primer momento fue la agente señalada para terminar el trabajo de su fallecido cónyuge, probablemente un cebo, no menos que Sanders. Nada de lo acontecido puede refrendarse. Solo la comprobable existencia y el paso al otro barrio de los dos protagonistas masculinos de esta parábola.